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| Artsy Stuff |
Cuando era niña tenía una vida inventada. Recuerdo pasarme las horas imaginando historias en las que únicamente yo era la heroína. Por supuesto, todas tenían un final feliz; al fin y al cabo ése y no otro era su propósito. De esta manera, aquello que me fallaba en el mundo real, lo arreglaba en el de mis sueños y me quedaba tan contenta. Llegué a creerme tanto esa vida paralela, que a veces incluso redactaba sus tramas en los diversos diarios que escribí desde la adolescencia. El primero fue uno de aquellos libritos con llave que te regalaban en cualquier cumpleaños, un tesoro que tardé poco tiempo en rellenar y que aún conservo escondido en algún rincón de la casa de mi madre. Terminado éste, mi padre me trajo de la editorial donde trabajó toda su vida, un libro con las páginas en blanco para que plasmara en él todo lo que se me ocurriera. Aunque no disponía de cierre de seguridad, consideré que a nadie de mi entorno le interesaría nada de lo que en él se pudiera contar, así que se convirtió en mi compañero de confidencias durante varios años, hasta que conseguí terminarlo.








