Uno de mis héroes de infancia fue el aguerrido y valiente Correo del Zar creado por Julio Verne. Recuerdo ir montada sobre mi bici, como si fuese a caballo, siempre con una cantimplora de plástico en bandolera, que le daba un sabor asqueroso al agua. Recorría, infatigable, las campas que rodeaban la casa donde pasábamos los veranos en un pueblo de Vizcaya. Simulaba ser una versión femenina del admirado personaje que afrontaba, como él, toda suerte de obstáculos (algunos reales, como los temibles perros de los caseríos) para llevar “mensajes vitales” de los que dependía el futuro de la humanidad.
En contra de la creencia extendida, objetivamente fundamentada, de que lo importante es el mensaje y no el mensajero, en mi opinión es vital el portador de una noticia. Sin duda, mi devoción infantil hacia Miguel Strogoff algo habrá tenido que ver.








