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| Escena final de Vértigo (1958), de Alfred Hitchcock |
Aquel día fue diferente. Con una decisión no premeditada, como abducida, me dirigí al borde de la piscina más grande y allí permanecí unos segundos, durante los cuales no oí ni el griterío de los bañistas ni vi cosa alguna que me rodeara. Estaba a solas con mi miedo. Me arrojé de pie. En el momento de la inmersión me invadió una gran euforia y me recreé fascinada en la levedad de mi cuerpo, pero la sensación se desvaneció cuando, al rozar el fondo, ascendí tan solo unos centímetros sin atravesar toda la masa de agua que me cubría; no supe qué hacer con esa ingravidez para seguir avanzando y desasirme de una fuerza que parecía tirar de mí hacia abajo. En mi lucha la garganta se cerraba al aire para impedir la entrada de agua; la rabia por mi estupidez y la pena de abandonar el mundo me asaltaron y mis lágrimas se mezclaron con el agua. Uno nunca sabe cómo va a reaccionar en una situación extrema, pero aquella muda desesperación duró unos segundos antes de que cierta serenidad me envolviera y empezara a dar la patada que mis “monitores” me habían hecho repetir tantas veces. La subida a la superficie rozó una eternidad, y la corta distancia que me separaba del borde al que deseaba asirme hasta llegar a la escalerilla la cubrí con torpes manotazos, hundiendo las cabezas que encontraba a mi paso y provocando toda clase de improperios en los bañistas. Atragantada de agua, tosiendo y con el corazón en la boca, me dirigí hacia mi toalla donde me desplomé de bruces; ninguno de mis acompañantes se había percatado del temerario chapuzón. La audacia una vez que se manifiesta no hay quién la pare, engancha, porque volví a saltar dos veces más, con mejores resultados de tiempo en mi ascenso a la superficie. Al cuarto intento me sorprendió comprobar que mis piernas ya no temblaban, y saber que era capaz de invocar una calma como la que, repentinamente, me había ayudado a emerger, fue lo que me permitió aprender a nadar y a disfrutar de una actividad que con el tiempo se ha convertido en uno de mis deportes favoritos. Más que el suceso en sí, puedo rememorar con nitidez las sensaciones que lo acompañaron, pero no sé qué ocurrió después de aquello, al día siguiente y durante el resto de las vacaciones, no recuerdo nada más de aquel verano.
El miedo es un aliado en nuestra supervivencia, pero también puede ser un enemigo que nos aprisiona y tortura. Ignoro si puede considerarse valiente a quien huye hacia adelante de ese torturador, tratando de sacudirse la zozobra que le provoca sin valorar las posibilidades de éxito, pensando solo en escapar de ese callejón que parece no tener salida. Quizá se trate solo de modos de enfrentarlo –impulsivo o reflexivo- y a la valentía eso poco le importe. Pero sí sé que el miedo se infla en nuestra mente y es embustero. Vamos, que el león no tan fiero como lo pintan.








