Por Juana Celestino
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| André Kertész, Mi amigo Ernest, Paris, 1931 |
Saber mirar es la base de la fotografía creativa y, como decía Flaubert, cualquier cosa observada detenidamente se vuelve maravillosa. El estadounidense de origen húngaro André Kertész poseía este peculiar sentido de la percepción y es uno de los grandes maestros, el pionero, de la fotografía humanista, ese arte que simpatiza con la vida de las personas. En este retrato del pequeño Ernest, el fotógrafo describe la alegría de vivir y la espontaneidad de su modelo, que nos presenta con su babi en el aula de pesados pupitres de madera, donde asoma tras él su atenta compañera. Una imagen que resume la magia de la fotografía al trasladarnos a otro lugar y a otro tiempo y, como si estuviéramos allí, hace que nos preguntemos por este colegial.









