Por
Marisa Díez
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| Ilustración de Christian Schloe |
Lleva meses intentando plantar cara a una situación que le está provocando verdaderos quebraderos de cabeza. Hace unos días la encontré hecha un mar de dudas, sin saber a ciencia cierta cómo afrontar las consecuencias inevitables de un suceso inesperado. Me confesó haber echado en falta el apoyo de quienes creía fieles. Pero, en contrapartida, ha descubierto que más allá de lealtades inquebrantables de las que nunca dudó, también se ha cruzado con personas que le han sorprendido por su solidaridad. Ha extrañado a algunos que suponía incondicionales y, sin embargo, ha sentido el respaldo de quienes menos esperaba. Se llama empatía, le contesté mientras se afanaba en explicármelo, y consiste en la capacidad de ponernos en el lugar del otro y comprender su realidad por encima de nuestra propia visión personal.
Se había hecho estas reflexiones tras enfrentarse a una especie de caos que, por unos días, puso su vida patas arriba. No lo vio venir y tuvo que lidiar con la incomprensión de quienes la acusaron de no haber estado lo suficientemente alerta. Se sintió perdida y un poco abandonada, mientras intentaba poner orden en todo aquel desconcierto. El mero hecho de tener que superar una situación que consideró extrema, dejó al descubierto su vulnerabilidad. Hasta ese momento estaba convencida de ser fuerte, pero empezó a ser consciente de su absoluta incapacidad para luchar contra lo desconocido y, por momentos, se vio desbordada y exhausta.