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Empatía



Por Marisa Díez

Ilustración de Christian Schloe

Lleva meses intentando plantar cara a una situación que le está provocando verdaderos quebraderos de cabeza. Hace unos días la encontré hecha un mar de dudas, sin saber a ciencia cierta cómo afrontar las consecuencias inevitables de un suceso inesperado. Me confesó haber echado en falta el apoyo de quienes creía fieles. Pero, en contrapartida, ha descubierto que más allá de lealtades inquebrantables de las que nunca dudó, también se ha cruzado con personas que le han sorprendido por su solidaridad. Ha extrañado a algunos que suponía incondicionales y, sin embargo, ha sentido el respaldo de quienes menos esperaba. Se llama empatía, le contesté mientras se afanaba en explicármelo, y consiste en la capacidad de ponernos en el lugar del otro y comprender su realidad por encima de nuestra propia visión personal.

Se había hecho estas reflexiones tras enfrentarse a una especie de caos que, por unos días, puso su vida patas arriba. No lo vio venir y tuvo que lidiar con la incomprensión de quienes la acusaron de no haber estado lo suficientemente alerta. Se sintió perdida y un poco abandonada, mientras intentaba poner orden en todo aquel desconcierto. El mero hecho de tener que superar una situación que consideró extrema, dejó al descubierto su vulnerabilidad. Hasta ese momento estaba convencida de ser fuerte, pero empezó a ser consciente de su absoluta incapacidad para luchar contra lo desconocido y, por momentos, se vio desbordada y exhausta.

Claustrofobia





Por Juana Celestino



Imagen: mejoresfotos.eu
 


Me desperté de madrugada aún con la angustia provocada por la pesadilla de la que acababa de salir. En ella, mi cuerpo era un peso muerto que iba descendiendo con rapidez a un lugar muy profundo donde se oía un ruido ensordecedor, como si miles de máquinas estuviesen funcionando a la vez; siguió un griterío de voces que no entendía qué decían, era algo ininteligible todas al unísono, una salmodia infernal que me produjo un vértigo insoportable. La escena cambia y me veo en casa, de repente se desata un fuerte viento y oigo portazos continuos en el piso de abajo, los cuadros se caen de las paredes y un tenderete de ropa que hay en la terraza se convierte en una fiesta loca de camisas y pantalones que bailan vacíos, uniendo sus puños, entrelazando sus piernas. Salgo riéndome a carcajadas y la potencia del vendaval apenas me deja mantener los ojos abiertos, una sábana se desprende de las cuerdas y me envuelve, es blanca, pero todo se vuelve negro. Me despertó el agudo e insistente tintineo de las campanillas de viento que cuelgan en la terraza. Me vino a la mente Alicia, que siguiendo al conejo blanco cae por un profundísimo agujero, de paredes llenas de armarios y estanterías, mapas y cuadros colgados que, imagina divertida, la llevará a atravesar la Tierra hasta Nueva Zelanda o Australia donde vive esa gente que anda cabeza abajo. En mi sueño no encontré el País de las Maravillas.