Por Marisa Díez
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| Imagen:Shutterstock |
Me propongo sonreír y, si es posible, reír a carcajadas, al menos un par de veces al día. Y si tengo que llorar, que sea de risa. Así, las únicas lágrimas que resbalarán por mi cara serán esas gotas artificiales que utilizo para humedecer mi crónico ojo seco. Y si acaso me permito llorar a escondidas, lo haré como terapia para equilibrar el desajuste hormonal al que me enfrento con mayor o menor dignidad, según el momento.
Me propongo preocuparme tan solo de quien se lo merece y olvidarme de los que, poco a poco o de repente, me dejaron en la estacada. A quienes yo abandoné, seguro que tendría sobradas razones para hacerlo, ya ni pienso en ellos. Se desvanecieron en mi memoria con el paso de los años y no tengo ninguna intención de reintegrarlos en mi vida. En su día me defraudaron y ahora ya no dispongo de tanto tiempo y paciencia como entonces. Me he vuelto mucho más práctica y sé que es necesario apurar el aquí y ahora sin tantas contemplaciones ni absurdos remordimientos.








