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| Anita Ekberg rodeada de figurantes (La Dolce Vita). |
Los figurantes son las personas que aparecen en una obra de teatro, película o serie de televisión con presencia singularizada, pero que carecen de frase y de acción dramática precisa. Ayudan a crear un ambiente y dan contrapunto a los actores protagonistas y secundarios. Son los que aparecen sentados en una cafetería en un segundo plano, mientras el galán besa apasionadamente a la chica; o los que forman parte del temible ejército que acata las consignas del héroe. Vamos, los que hacen bulto. No firman autógrafos, nadie les reconoce por la calle, no constan en los títulos de crédito ni en el elenco. Son los “cenicientos” del séptimo arte y aledaños. Sin embargo, resultan imprescindibles en determinadas escenas o actos y forman parte intrínseca de la obra o del film.
El otro día me vinieron a la cabeza estos extras. En uno de los semáforos cercanos a mi casa hay un hombre de edad indefinida que aprovecha, cuando los coches están detenidos, para vender pañuelos de papel. No puedo precisar cuánto tiempo lleva dedicado a esta labor, pero sin duda serán ya varios años. Siempre que paso por esa calle, ahí está él. Menudo, vestido con prendas oscuras que contrastan con el amarillo chillón de su chaleco de seguridad para hacerse visible entre los automovilistas; un poco encorvado y con andares inestables, se mueve entre los coches ofreciendo su mercancía. Correcto y amable, que no servil, te muestra los kleenex. Si ese día toca y cae algo, te lo agradece con un gesto; si no hay suerte, lo acepta con elegancia y jamás insiste o tuerce el gesto.








