Por Esperanza Goiri
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| Foto: Esperanza Goiri |
He de reconocer que no soy una gran lectora de poesía. Siempre me he dejado seducir y atrapar más por la prosa. Sin embargo, hay dos poetas, que desde mi adolescencia me fascinan, Antonio Machado y Miguel Hernández. Por circunstancias que no vienen al caso, hace unos días tuve que bajarme en la estación de metro que la ciudad de Madrid ha dedicado al poeta de Orihuela. Mientras trataba de orientarme en su amplio vestíbulo para acceder a la salida que me convenía, mis ojos se quedaron literalmente pegados a uno de los grandes paneles de la pared. En tinta negra sobre fondo anaranjado, se podían leer los versos plasmados en la fotografía que ilustra esta entrada. Son los mismos que componen una estrofa de una poesía incluida en el impresionante
Cancionero y romancero de ausencias.
Ya lo había leído en anteriores ocasiones, cuando era joven. Sin embargo, como suele ocurrir con frecuencia con las relecturas, la interpretación varía según las circunstancias personales. Una idea lleva a la otra, se conectan aspectos que aparentemente no tienen nada que ver. Unas líneas pueden deslumbrarte en un momento de tu vida. Años más tarde, la admiración vuelve a surgir, pero con un sentido diferente. Se mantiene la esencia, cambian los matices.