Por José María Ruiz del Álamo
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| Gregory Peck en Matar un ruiseñor. |
Lo sé, el título me viene grande, máxime cuando uno es tan banal, aunque en verdad resulta pertinente el enunciado. Abarcar este asunto tan espinoso, y en fechas navideñas (véase que la entrada toma vida el Día de los Santos Inocentes), me resultaría imposible si no lo acoto a un punto concreto. Son demasiadas las inocencias que perdemos a lo largo de la existencia para circunscribirlas a un solo texto.
Entonces, ¿por qué me aboco a ello? Simplemente, por las vinculaciones que desarrolla un cerebro ante un acontecimiento. Y mis células cerebrales se activaron cuando oí por la radio que le habían otorgado el Goya de honor a Narciso Ibáñez Serrador. En ese momento los recuerdos se agolparon: una merma de la inocencia provocaban sus imágenes.








