Por Marisa Díez
Tengo un grupo de amigos de lo más variopinto. Estamos juntos desde hace mil años, o así me lo parece. Desde que tengo uso de razón me he movido entre ellos. Somos nada menos que 18 personas, cada una con sus peculiaridades y rarezas, pero siempre nos hemos llevado moderadamente bien. Y sin embargo, de un tiempo a esta parte, Jorge está dando la lata con que nos quiere abandonar. Ya no se siente identificado con nosotros, no le aportamos nada y no quiere ser parte integrante de este grupo tan singular. Se larga, sin rencores, pero se va. Que lo siente mucho y patatín y patatán, pero ya está decidido y no hay marcha atrás.
Quiere volar libre y sentirse independiente, sin ataduras de amistades que obstaculizan y coartan su libertad y, en ocasiones, a su entender, le suponen un verdadero lastre que no está dispuesto a asumir ni a seguir cargando en su mochila. Piensa que lejos de nosotros se sentirá infinitamente más realizado, que la vida le irá mucho mejor sin discusiones absurdas y sin la obligación de pagar el peaje que le acarrea mantener una amistad de tantos años. El resto del grupo le observamos consternados, sin llegar a entenderlo del todo. Algunos se soliviantan más que otros; hay opiniones para todos los gustos, pero en general, nos parece una absurda cuestión de orgullo mal entendida. A dónde vas a ir tú solo, alma cándida, si llevas toda la vida con nosotros. No podrás sobrevivir, nos echarás de menos. Y cuando quieras regresar será tarde, le dicen otros, porque si te vas, te vas, para no volver, farfullan los más extremistas. Luego no vengas con arrepentimientos, que no vamos a abrir la puerta. Te quedas fuera y punto. Para siempre.








