Por Juana Celestino
No había transcurrido un año desde que la convenciera para que fuera a vivir con él. Lo pasaban bien, bromeaban, reían y conversaban sobre cualquier cosa mientras paseaban o saboreaban una copa de vino durante las largas sobremesas de la cena. Solían ver en casa alguna serie o película y, aunque les costaba ponerse de acuerdo en los títulos, el amor les hacía condescendientes.
Al cabo de unos meses, la sensación de frustración y rabia se fueron alternando en ella al descubrir el deseo compulsivo de ver televisión que él padecía. Terminada la jornada laboral en su empresa de telefonía, ocupaba su sitio favorito frente al televisor, que encendía al llegar; incluso los anuncios le fascinaban: imágenes, sonidos y recurrencia de luces lo absorbían. Poco a poco, se vio obligada a pasar más tiempo recluida en el pequeño estudio, donde preparaba sus clases o trataba de enfrascarse en algún libro, aunque ahora cierta inquietud le impedía concentrarse. Ya no compartían tanto el sofá, y cuando se reunían en la mesa de comedor, las charlas eran más bien monólogos a los que él asentía de forma distraída mirando a la pantalla.








