Por Marisa Díez
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| Mis abuelos, Luis y María, en Madrid, hacia 1920. |
No llegué a conocerle y sin embargo podría afirmar que pronto se convirtió en un referente en mi vida. Mi abuelo Luis murió cuando yo acababa de aterrizar en este mundo, pero su recuerdo quedó inmortalizado en una colección de viejas fotografías en blanco y negro que mi padre conservó, perfectamente clasificadas y organizadas, en un álbum que él mismo encuadernó. Por eso, observando su imagen una y otra vez, sentí desde el principio cómo aquel hombre, extraordinariamente parecido a mi padre, despedía un sinfín de buenas vibraciones. Crecí escuchando relatar multitud de anécdotas que ocurrían en el piso bajo que habitaban en la calle Zurbano, al que mis padres se trasladaron durante un tiempo una vez casados, un hecho de lo más habitual en los años de la posguerra en Madrid. Los nuevos matrimonios, al no disponer de vivienda propia, se veían obligados a compartirla como podían con sus mayores.








