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| Foto: Victor Rodríguez (Flickr) |
Por Esperanza Goiri
Pero hace unas semanas, convaleciente de una pequeña intervención quirúrgica, sumado al mal tiempo primaveral y a la pereza que rebosaba por todos mis poros tras estar unos días “hibernando” en casa por prescripción médica, me arriesgué a recurrir al automóvil. Craso error. Pagué cara la osadía y recibí justo castigo en forma de un monumental atasco. Allí estaba, atrapada en mi caja de lata con ruedas, en una calle anodina, sin más distracciones que observar cómo bostezaba y se hurgaba la nariz el conductor del coche de al lado. El fluir del tráfico me obligó a quedarme parada en mitad del paso de peatones, lo que propició ser objeto de las miradas furibundas de los que cruzaban y la amenaza de un bastón enarbolado por un anciano, cuyo aspecto inofensivo quedaba desmentido por sus belicosas intenciones. El semáforo iba alternando el color rojo con el verde, pasando por el ámbar. Una y otra vez. Allí no se movía ni un vehículo. La gama cromática se iba sucediendo con imparable cadencia y los minutos pasaban con exasperante lentitud.








