Pertenezco a ese grupo de mujeres que, por diversas circunstancias, no ha tenido hijos. Desconozco las cifras exactas, pero imagino que la estadística marcará un tanto por ciento inferior al veinte para encuadrar a quienes, como yo, no han contribuido a elevar la exigua natalidad de nuestro país. Y es que, cuando mi reloj biológico comenzó a despertar, era incapaz de encontrar el momento apropiado. O no tenía pareja, o, cuando la tuve, carecía de trabajo estable, pero al conseguirlo, mi horario laboral era incompatible con la maternidad. Años más tarde, aparecieron una serie de problemas añadidos, que no vienen al caso, y que dificultaron de manera extraordinaria mi deseo de traer una niña –única y exclusivamente–al mundo.
Así que, resumiendo, me resigné al poder de la sabia naturaleza. Y como ésta se empeñó en negarme la criatura, a no ser que resolviese someterme a agotadores tratamientos médicos, eternos y poco fiables, a los que renuncié desde el principio, un día asumí que, en lo que a mí respecta, mi especie no se perpetuaría. Pero a cambio, soy tía, que ya supongo que no es lo mismo, pero estoy segura de que en ocasiones resulta incluso más gratificante.








