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| Foto: Jan Faukner |
Dejó de escribir bruscamente, leyó el texto y no encontró ni una frase aceptable. Maldiciendo en voz baja, presionó durante un instante la tecla que la devolvió a la página en blanco. Se quedó mirando por la ventana como si estuviera buscando la clave, una señal o secreto escondido en su campo visual formado por un grupo de plantas, algunos edificios cercanos y el cielo. Pensaba cómo le gustaría disponer de la capacidad que permitiera expresarse sin hacer ningún esfuerzo y realizar el deseo en el momento mismo de concebirlo; estar a salvo de la continua tensión en la que nos coloca el lenguaje cuando sabemos que él puede ser nuestra salvación y nuestra perdición. Pero si la palabra es fuerza e impotencia, concluyó que debía quedar eliminada toda posibilidad de jugar con ella eludiendo la dificultad. Si no fuera así, si se cumpliera el placentero sueño, esa indolencia, el deseo apenas existiría, sería tan solo un atisbo de voluntad donde no tendría espacio para recrearse. Podría llegar a creerse segura del todo y caer en la indiferencia de la costumbre. Si consiguiera expresar vivamente todo lo que sentía en cada instante de la vida, no dejaría nada en torno a ella, quedaría anulada la capacidad de sorpresa, de miedo, ese miedo que imprime pasión a la vida, el que empuja a la búsqueda.








