Por Marisa Díez
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| Los esfuerzos de Sísifo |
En agosto cumplo cincuenta años. De vida, me refiero. Y he decidido escribir algo sobre esta cuestión que me tiene últimamente un poco obsesionada. En plan terapia o similar, no estoy segura. Y es que lo llevo fatal. Ya sé que hay gente que me mira raro porque reconozco algo que los demás callan. Pero también tengo claro que muchos de los que me observan de reojo, silenciaron sus propios prejuicios cuando los cumplieron, si es el caso, y otros, directamente, negaron que tuvieran el más mínimo problema en alcanzar tan mágica cifra. Se muestran encantados por llegar a esa edad tan redondita, tan de medio siglo, tan de acumular experiencias positivas y tan de ser mucho más sabios. Y te explican, sin el menor sonrojo, que debes estar contenta por haber llegado a esta etapa más o menos en forma y sin cataclismos. Que no tienes derecho a quejarte, que mires a tu alrededor y encontrarás mil y una razones para estar feliz y satisfecha de celebrar tan exclusiva efemérides. Pero no sé, la verdad es que a mí no me convencen. Me ofrecen unas razones bastante manidas y muy poco originales, así que me dejan con la sensación de estar buscando consuelo en las personas equivocadas.








