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El día que vi "Á bout de souffle"

Por José María Ruiz del Álamo 



Fotograma de la película "Al final de la escapada".
No debía haber visto Al final de la escapada (título con que se estrenó en España), razones varias así lo atestiguarían, pero como uno de vez en cuando es un ser voluble y cambia su pensar de un momento a otro. La naturaleza me pierde, porque sin saber lo que me deparaba derivé hacia la sala de un cine.

No era un día como otro cualquiera, tal vez sí. Pongamos que sí. Como cualquier jornada del verano de mi juventud (valga decir adolescencia), barbilampiño y melena al viento, cual zagal venturoso partí a primera hora a clases de recuperación. Las zarandajas matemáticas eran mi desatino. Circunstancia tal también se extendía a los idiomas, siendo el francés un suplicio para mi alma. Cuita la mía, que entre ambas lecciones tres horas quedaban en blanco. Un tiempo que mataba entre chapuzones en la piscina y algún partido de tenis.

Calendario de vida

Por José María Ruiz del Álamo


Resulta extraño ver cómo las fechas tienden a desordenarse en nuestros recuerdos. La mente racionaliza una historia y la narra sin plantearse duda alguna. Pero indiscutiblemente el calendario marca sus tiempos y cuando los datos hacen acto de presencia sobre la mesa convierten el elemento poético en un trance “bukowskiano”.

Hasta hace unos días hubiese jurado que mi encuentro con los cinestudios madrileños vino dado por cuestiones “intelectuales”. Años de instituto, cuando la profesora de francés propuso llevarnos al cine a ver Pauline en la playa. Concertada quedó la fecha, pero dos días antes fue a verla ella con los alumnos de COU y determinó que moralmente no convenía que viésemos tamaña promiscuidad. Lástima, porque hubiese sido la primera vez que asistiese al desaparecido cine Alphaville (hoy renombrado Golem); además la profesora no consiguió que el título pasase al olvido, al contrario, aquella prohibición estimuló el interés.

La vitamina del sol

Por José María Ruiz del Álamo


Sunrise by the ocean, Vladimir Kush.
Ya se sabe: los años no perdonan. La realidad nos pasa factura. Ciertamente, el tiempo puede con nosotros. ¡Ay, con lo que hemos sido! ¡Y cómo te ves por tu mala cabeza! Ya lo decía Miguel Ríos: “dormimos poco y mal, quemando la salud”. El Rock Ríos y su Bienvenidos alumbró mi primera juventud (sigo esperando a la segunda). Aún recuerdo aquella canción Año 2000, con su pegadizo estribillo: “llega el año 2000, llega el año 2000”, lejos queda ya ese inicio de siglo… Lo mismo ahora se precipitan aquellos locos años veinte.

No te desvíes, José. Al tema, al tema. Reconduciendo: el examen médico se hace necesario. Máxime con los precedentes que ostenta mi ADN: unos progenitores que padecieron una enfermedad de larga duración (eufemismo para hablar del cáncer); súmese una colonoscopia motivada por unas heces sangrantes, así como haber superado el medio siglo. Factores, todos ellos, que aconsejan pasar por la consulta médica. Y cada dos años tengo la cita. Estoy, en lo que se llama, un grupo de riesgo.

A propósito de la moda

Por José María Ruiz del Álamo


Fotograma de la película María Antonieta, de Sofía Coppola.
Lo sé, lo sé. ¿Quién soy yo para inmiscuirme en el prolífico y proceloso mundo de la moda? Derroteros por los que apenas he transitado, así que me circunscribo a la teoría. Por disertar, en mayor medida.

De entrada, “moda” me remite a los oropeles del mundo de la vestimenta. La ropa como la gran clave del hecho que nos concita. De hecho también ha sido vuestro primer pensamiento. Lo mismo te ves en ese grado de magnificencia desfilando por las pasarelas del glamur, ser un maniquí humano, ser modelo de los modelos, creados por modistos para que lo luzcan modelos. Valgan estas repeticiones para huir de ellos y elevarnos sobre los diseñadores. Una evolución lingüística que llevaría a los arquitectos a autoproclamarse diseñadores de edificios; los electricistas, diseñadores de conexiones, o los escritores, diseñadores de frases.

La pérdida de la inocencia

Por José María Ruiz del Álamo

Gregory Peck en Matar un ruiseñor.

Lo sé, el título me viene grande, máxime cuando uno es tan banal, aunque en verdad resulta pertinente el enunciado. Abarcar este asunto tan espinoso, y en fechas navideñas (véase que la entrada toma vida el Día de los Santos Inocentes), me resultaría imposible si no lo acoto a un punto concreto. Son demasiadas las inocencias que perdemos a lo largo de la existencia para circunscribirlas a un solo texto.

Entonces, ¿por qué me aboco a ello? Simplemente, por las vinculaciones que desarrolla un cerebro ante un acontecimiento. Y mis células cerebrales se activaron cuando oí por la radio que le habían otorgado el Goya de honor a Narciso Ibáñez Serrador. En ese momento los recuerdos se agolparon: una merma de la inocencia provocaban sus imágenes.

Media vida en el cine Doré

Por José María Ruiz del Álamo

Las colas en el cine Doré deparan amistad.
Apenas faltaban cuarenta minutos para el inicio de la sesión y ya estaba formada la fila. Me situé en último lugar, mas viendo que en una posición privilegiada se hallaba un amigo decidí colarme. La charla se inició al instante, y debatimos sobre al evento que allí nos congregaba: el encuentro de Carlos Saura y Vittorio Storaro con el público asistente al cine Doré (sede de proyecciones de Filmoteca Española).

Fructificaba el diálogo, al que se unió una mujer preguntándome: “¿Tú no trabajabas en…?”. "Sí —respondí—, de eso hace ya…”. Habíamos sido compañeros, meses compartiendo oficina, meses frente a unos ordenadores. A la conversación se unieron una cuarta y una quinta persona. Departimos en confianza, con naturalidad.

¡Hoy merendamos!

Por José María Ruiz del Álamo

Charles Chaplin  y Jackie Coogan en El chico.


Aquel fue un día de recogimiento, para dar descanso al cuerpo. La semana acumulaba fatiguitas. Se agradeció el sosiego del domingo. A ello súmese el relax de contemplar la nevada que cayó sobre Madrid (ciudad). Finalicé los menesteres de la casa a primera hora, y buena acogida me deparó el sofá, donde di a la lectura con la prosa de Lorenzo Silva, las aventuras de los guardias civiles Bevilacqua y Chamorro entretuvieron mi mente.

La paz del vermut dio paso a unos sabrosos huevos fritos con arroz blanco, culminada con un café fuerte. Y tras los cristales, los copos de nieve seguían presentes. Un reposo terapéutico completado en simbiosis con el susurrante aleteo del programa radiofónico La estación azul, una hora dedicada al mundo literario, conducido por Ignacio Elguero y Cristina Hermoso de Mendoza.

Tempus fugit

Por José María Ruiz del Álamo

Harold Lloyd en El hombre mosca.
Hace apenas unos días, como quien dice, era diciembre, y ya está aquí el nuevo año. Porque este escrito ve la luz en el mes de enero de 2018. ¡Cómo es el tiempo! ¡Un suspiro, y doce meses han transcurrido! ¿Dónde queda ya el año 2017?

En un momento está y al instante se nos ha escapado, inútiles resultan mis manos para apresarlo. Lo mismo transcurre a toda velocidad que se hace eterno, y así transita, con alegría o pesadez. Y siendo siempre el mismo, se nos muestra diferente. Tal es su estado. Con el tic-tac intentamos dominarlo, imposible domesticarlo; con una fotografía creemos que lo apresamos, pero no se detiene nunca.

Viernes 13, ¡vaya día!

Por José María Ruiz del Álamo

¡Vaya día para publicar un artículo! Sí, ya está aquí la fecha que depara mala suerte. ¿Alguna desgracia nos acecha al doblar la esquina? ¿Somos inmunes al maleficio?

Asumimos con naturalidad que la superstición ronda durante estas 24 horas. Una situación circunscrita de unos años hacia acá. El proceso de colonización ha fructificado.

Cine de verano


Por José María Ruiz del Álamo

Atrás quedó agosto. Septiembre nos recibe con una sonrisa. Estamos de vuelta. Concluyen los días que se imponen a las noches. Decimos adiós al periodo estival. Las vacaciones ya son recuerdo. ¿Hemos vivido unas jornadas satisfactorias? En todo caso, ¡que la felicidad reine en los corazones!

Los días de baño en el mar se prorrogan, efecto del calentamiento global; y sin embargo las piscinas echan el cierre. La manga corta se adentra en el otoño. Los helados ya se toman durante todo el año. Esperemos que el estío finalice en octubre. ¿Perdurará el calor en noviembre?

Cines de barrio, sesión continua


Por José María Ruiz


Fotograma de la película Los 400 golpes de François Truffaut

De pan y chocolate dibujo el recuerdo, no encuentro un chupete en mis labios. De Peter Pan fue el primer vuelo sobre la butaca de un cine. Apáguese la luz, enciéndase el arcoíris al ritmo del proyector (corazón a 24 fotogramas por segundo). Plano a plano viajo de escena en escena y, aunque atado a la sombra quedo, levito a ras de suelo, de imaginación se teje mi abrigo al abrigo del cine.

Perdonad si conjugo mi alegría en tono melancólico, y aunque la semántica me deje tirado, feliz rememoro ese Madrid mío de cines de barrio. A siete pesetas se abrían los cielos, palacios de las pipas, más de uno; fila de los mancos, más de dos… Nunca fui de palomitas, ya lo sabréis; sí, de pan y chocolate. También de regaliz, siempre de sesión continua. Aroma de ozonopino.

'María querida' o el autoconocimiento nacido del diálogo

José María Ruiz


La vida, cual proyecto inacabado, va llegando a su fin, y si en nuestro vivir morimos mil muertes, mil veces somos capaces de resucitar, pues de amor y amistad es la sangre de nuestras venas. Fórmula tal bien cabe aplicar a la película María querida (2004), de José Luis García Sánchez, ya que la puesta en escena dinamita la ficción para transmutarse en un ejercicio documental que sigue la senda marcada por María Zambrano. Ella es el sujeto protagonista de una película que busca, sobre todo, transmitir la importancia de esta mujer, que hizo del pensamiento un compromiso poético y personal.