Por Marisa Díez
Guardadas y semiescondidas en un armario en casa de mi madre, atesoro un buen puñado de cartas que empecé a recibir siendo todavía una niña. Durante bastantes años fui la destinataria de muchas misivas y tarjetas postales de las que se enviaban en la época. Las últimas que llegaron a mis manos datan ya de mi etapa universitaria, alcanzando incluso algún año de la década de los noventa. Pero a partir de ahí, la nada. No podría especificar la fecha exacta en que puse fin a esa fase epistolar, pero es casi seguro que resultó ser consecuencia de la implantación de las nuevas tecnologías. En el remite de mi correspondencia encuentro amigos que todavía hoy permanecen a mi lado, junto a otros que, inevitablemente, se quedaron por el camino. A pesar del tiempo transcurrido, jamás he sido capaz de deshacerme de ninguna. Han logrado sobrevivir, apenas intactas, a sucesivas y demoledoras limpiezas generales y a mi abandono del hogar materno.








