Por Esperanza Goiri
![]() |
| Imagen: ddzphoto |
Es justo reconocer que, aun en plena temporada “piscinera”, al tratarse de dos comunidades pequeñas y cívicas, no provocan los ruidos e inconvenientes asociados a ese entorno. Así que durante el día me olvido por completo de su existencia. Sin embargo, admito que, en alguna tórrida noche estival, asomada a la ventana, me he quedado absorta observándolas. Las piscinas están separadas por un muro medianero, pero tienen casi el mismo tamaño y quedan paralelas. En la oscuridad, iluminadas por sus focos interiores, destacan como dos enormes ojos. Difieren en su color, una es de intenso turquesa; la otra, de un verde azulado. Al igual que las personas y animales con heterocromía, esas pupilas acuáticas producen un efecto inquietante y sugestivo al mismo tiempo. No soy la única atrapada por su influjo. En su contemplación, más de una vez he coincidido con un hermoso gato negro, uno de los muchos que viven en el solar próximo. Siempre llega solo. Tras saltar la pared, pasea majestuoso y elegante por el bordillo de la piscina hasta dejarse caer con indolencia en un punto concreto, al lado de una de las escalerillas. Ambos compartimos el espacio, próximos pero ajenos el uno del otro. Yo, dándole vueltas a esos pensamientos, a veces absurdos, que asaltan a los insomnes. Él, sumido en razonamientos gatunos, cualesquiera que sean. Los dos disfrutando de la tranquilidad nocturna y de la sensación de frescor proporcionada por el agua.








