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| "Tienda de ultramarinos, 1951" |
Al ser el cuerpo mortal y mientras la técnica o la investigación no aporten otras soluciones, los humanos tenemos que dedicar un tiempo a la tarea de la compra para alimentar a nuestro exigente y pedigüeño organismo.
Desde la época de las cavernas, en que la carne se conseguía a mamporrazo limpio, hasta el siglo XXI, en que los comestibles llegan a nuestra cocina a golpe de clic, ha habido a lo largo de la historia toda una gama de lugares específicos para adquirir comida y bebida.
Mucha gente odia ir a la compra, la consideran una actividad tediosa y estresante con la que hay que lidiar para llenar la nevera. A mí me gusta y, sin duda, en ello han influido los gratos recuerdos que guardo de pequeña cuando empecé a hacer recados a mi madre. Me sentí muy importante la primera vez que fui a la tienda de ultramarinos, enfrente de mi casa, a por una botella de aceite. Ese establecimiento, dotado del misterio y el encanto decadente de las tiendas de antaño, era una fuente inagotable de satisfacción. Luis, el dueño, y Manolo, su ayudante, me trataban como a un adulto. Me preguntaban por el cole y por mi familia. Después de ponernos al día, junto con las vueltas siempre había un detalle: una rosquilla, un caramelo… cualquier delicia que escogía yo misma de la interminable hilera de tarros de cristal con tapa plateada.








