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El ojo vago

Por Marisa Díez


Imagen: Wikimedia Commons
No sé cuánto tiempo atrás debemos remontarnos para evocar, con mayor o menor exactitud, nuestro primer recuerdo. Supongo que dependerá de cada persona y de su capacidad para descubrir en qué momento su cerebro hizo click y comenzó a almacenar historias. En mi caso concreto no tengo conciencia de sucesos, ni importantes ni triviales, hasta cerca de cumplir los cinco años. Quizá es que mi vida estuvo privada de emociones fuertes y mis neuronas entendieron que no merecía la pena dejar fijados, en ningún lugar de mi memoria, acontecimientos que no significaban gran cosa. O también pudo ocurrir que mi desarrollo cognitivo fuera precario hasta transcurridos unos cuantos años y necesitara esperar un poco más para empezar a distinguir con claridad mi catálogo de evocaciones.

Ignoro la razón por la que mis hermanas se lanzan a contar sus recuerdos a partir de una edad en la que yo soy incapaz de acordarme de nada. Me da envidia, y hasta cierta rabia, porque si las cuatro convivimos en la misma casa, el mismo barrio y, por descontado, la misma ciudad, durante toda nuestra infancia ¿cómo es que yo tardé más tiempo que ninguna de ellas en elegir aquello que no iba a olvidar nunca? Mi hermana mayor conserva recuerdos nítidos de sus dos o tres años, durante una visita a Bretún, el pueblo de mi madre: un paseo a caballo, la figura del bisabuelo sentado en la puerta de la casa y que alguien, no sabe quién, le regaló un huevo. Tal cual. Un huevo. Supongo que fue la extrañeza de tan inusual obsequio para una niña de ciudad, lo que disparó una especie de resorte en su mente infantil y le impidió olvidarlo. Otra de mis hermanas puede evocar, con absoluta claridad, el “río grande” que corría junto a la casa de veraneo que ocupamos durante unas vacaciones, la figura de un gato enorme que la asustaba y el transcurrir de los días sentada en una piedra con los pies en el agua. Y tendría aproximadamente la misma edad, alrededor de tres años. Con el paso del tiempo, alguna visita posterior al mismo lugar, le hizo constatar que ni el río tenía las dimensiones recordadas, ni mucho menos los gatos eran aquellos monstruos que se le aparecían para atemorizarla.

Por qué seleccionamos unos recuerdos sobre otros, y a partir de cuándo conseguimos revivir determinadas situaciones con relativa lucidez, es una cuestión que se me escapa. Por qué damos prioridad a unos hechos y sin embargo olvidamos por completo otros; qué razón oculta nos ayuda a elegir lo que entrará a formar parte de nuestra historia y en qué nos basamos para decidir cuándo algo es lo suficientemente importante para no olvidarlo.

Mi primer recuerdo no es nada divertido, aunque tampoco lo he vivido nunca como algo traumático. Me veo en la cocina de casa, rodeada de mis padres, mis hermanas y mi tío, quien había sentenciado que yo no tenía la misma visión en un ojo que en el otro. Para confirmar su hipótesis, allí mismo y delante de todos, me tapó uno de ellos ¡con una cuchara! Y de aquella manera tan rudimentaria pudo constatar que sus sospechas eran ciertas y que yo, básicamente, no veía ni jota por mi dichoso ojo torcido. A ver, que tampoco tengo conciencia de que me importase demasiado, pues veía perfectamente por el otro, pero sé que mi familia puso el grito en el cielo y se escuchó algún que otro llanto. Al final, con los años, la sangre no llegó al río. Durante mucho tiempo llevé unas gafas horribles que a mí me encantaban y cuidaba con esmero. Jamás las rompí ni me las quitaba, y, aunque mi ojo vago nunca recuperó la visión perfecta, no recuerdo haberlo vivido como algo preocupante, más allá de un ligero fastidio por no poder presumir de una mirada alineada, como la que tenían mis amigos, y de la que yo siempre carecí.

Pero continúo sin poder explicar la razón por la que seleccioné aquel momento como el primero que entraría a formar parte de mi almacén de vivencias. Desde entonces sigo buscando la manera de elegir mis recuerdos, para quedarme con los que me interesan y desechar todos los que me producen malas vibraciones. En ello estoy. Todavía no lo he conseguido, pero dadme un poco más de tiempo.

Mi amigo Ernest





Por Juana Celestino



André Kertész, Mi amigo Ernest, Paris, 1931

Saber mirar es la base de la fotografía creativa y, como decía Flaubert, cualquier cosa observada detenidamente se vuelve maravillosa. El estadounidense de origen húngaro André Kertész poseía este peculiar sentido de la percepción y es uno de los grandes maestros, el pionero, de la fotografía humanista, ese arte que simpatiza con la vida de las personas. En este retrato del pequeño Ernest, el fotógrafo describe la alegría de vivir y la espontaneidad de su modelo, que nos presenta con su babi en el aula de pesados pupitres de madera, donde asoma tras él su atenta compañera. Una imagen que resume la magia de la fotografía al trasladarnos a otro lugar y a otro tiempo y, como si estuviéramos allí, hace que nos preguntemos por este colegial.

Contacto





Mano-Concha (1934), Dora Maar


Por Juana Celestino

Omnipresente día y noche, nos produce sensaciones tan opuestas como el placer o el dolor, y nuestra vida entera está entrelazada por doquier con las experiencias que nos proporciona. Es el tacto. ¿A quién no le gusta comer con los dedos? Pinzar con ellos un espárrago y comerlo de cabo a rabo, aprisionar un bocadillo, pelar unas gambas, rozar un merengue y chuparse el dedo… Y si además el placentero ritual culinario lo disfrutamos en la naturaleza, sentados en el suelo, en contacto con la tierra, la experiencia puede alcanzar el sumun, desplegándose todos los sentidos para nuestro deleite.

Me gusta toquetear las cosas, pero de muchas me tengo que abstener ante el cartel, presencial o no, de “no tocar”, como en los museos (excepto en el Tiflológico). Una escultura, que implica tanto al sentido del tacto como al de la vista, invita a ser acariciada; sin embargo, mantener una distancia prudente frente a una obra de arte es un gesto asumido por la mayoría. El arte como un ente alejado y puro que solo puede/debe “tocarse” con los ojos. Me resulta difícil superar la frustración que a veces estas necesarias normas de conservación me provocan. Contemplar, por ejemplo, una obra de Caravaggio y no poder tocarla es toda una prueba. Las figuras del pintor italiano sorprenden por su “carnosidad”, algunas parecen decir “tócame”; me acerco y miro con envidia a su incrédulo santo Tomás al que me gustaría emular, no para cerciorarme en cuestiones de fe religiosas, sino para comprobar que tanto él como sus compañeros de escena son personajes y no seres reales.

Héroes de carne y hueso

Por Marisa Díez


Mis abuelos, Luis y María, en Madrid, hacia 1920.

No llegué a conocerle y sin embargo podría afirmar que pronto se convirtió en un referente en mi vida. Mi abuelo Luis murió cuando yo acababa de aterrizar en este mundo, pero su recuerdo quedó inmortalizado en una colección de viejas fotografías en blanco y negro que mi padre conservó, perfectamente clasificadas y organizadas, en un álbum que él mismo encuadernó. Por eso, observando su imagen una y otra vez, sentí desde el principio cómo aquel hombre, extraordinariamente parecido a mi padre, despedía un sinfín de buenas vibraciones. Crecí escuchando relatar multitud de anécdotas que ocurrían en el piso bajo que habitaban en la calle Zurbano, al que mis padres se trasladaron durante un tiempo una vez casados, un hecho de lo más habitual en los años de la posguerra en Madrid. Los nuevos matrimonios, al no disponer de vivienda propia, se veían obligados a compartirla como podían con sus mayores.

Si yo pudiera contarte...



Por Marisa Díez



 Viñeta de El Roto para El País


Desde niña fue consciente de pertenecer a una familia donde el compromiso con las causas que consideraban justas tenía valor de ley. Eran tiempos convulsos, recién enterrada la dictadura y con un país todavía enfrentado en dos bandos irreconciliables. Su mirada observadora se fijaba en el transcurrir de unos acontecimientos que no acertaba a comprender. Recuerda vagamente la imagen del padre, escuchando con avidez las noticias políticas de la época y aquellas extrañas reacciones ante unos hechos que ella todavía era incapaz de valorar. A sus escasos nueve años le costaba aceptar cómo alguien podía alegrarse de la muerte de un anciano, un abuelillo que a ella no le producía ninguna repulsa, más bien al contrario, sentía una auténtica tristeza al ver desfilar a tantas personas delante de su ataúd.

Poco a poco fue descubriendo historias familiares que le hicieron abrir los ojos. Tiene grabadas a fuego en su memoria las lágrimas de su padre cuando aquel partido ganó las elecciones. Y por eso, en estos últimos días, le ha vuelto a echar de menos como nunca.

Un lugar en mi memoria

Por Marisa Díez

Niños jugando a pídola. Francisco de Goya.

Si existen factores determinantes en la construcción de nuestra personalidad, entre ellos está sin duda el entorno que nos ha rodeado desde niños. Haber crecido en un lugar y no en otro es una circunstancia que por sí misma nos confiere unos rasgos específicos. Para aclararnos: nunca será lo mismo haber nacido en el campo que ser un urbanita desde la infancia, por ejemplo. Pero también existen diferencias entre los nativos de una provincia o de otra; de un territorio histórico o de sus límites fronterizos. Todo esto circunscrito a un mismo país, porque el pertenecer a una nación concreta establece una serie de singularidades que nos permitirían incluso llegar a hacer un estudio sobre la influencia de tal o cual raza o etnia en la formación de nuestra propia identidad.

Una caja de zapatos

La caja de zapatos de Scout 

Por José María Ruiz

Para muchos estas fechas han sido días de playa, y quién no ha paseado por la orilla del mar y ha echado mano a alguna concha… El objeto físico como recuerdo, el ente palpable que nos retrotrae. Verdaderamente, el mítico cubo de conchas nos sobrepasa, pero casi siempre alguna ha hecho el camino de vuelta con nosotros.

Allí, en el armario, ubicaremos esa hermosa concha, y cada vez que nuestros ojos se posen en ella una pequeña historia de aquel verano nos asaltará. La asociación se creará: concha-mar-verano-recuerdo. Si bien, quizá en la mayoría de las ocasiones no queramos que nuestros recuerdos queden tan expuestos, de ahí que tendamos a guardarlos como un tesoro íntimo.

¿Por qué no recordamos nuestros primeros años de vida?

Por Juana Celestino

Fotografía de Robert Doisneau




“Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla, y un huerto claro donde madura el limonero…”. Estos versos de Antonio Machado, que hacen alusión a su casa natal de la calle Dueñas, evocan las primeras imágenes que el poeta tiene de su más tierna infancia. De la filósofa María Zambrano sabemos, a través de su correspondencia, que uno de sus primeros recuerdos es el viaje que hacía en brazos de su padre, desde el suelo hasta su frente. Otro poeta, Rubén Darío, recuerda que cuando apenas comenzó a andar, un día se perdió y, después de buscarlo por todas partes, lo encontraron tras unos matorrales debajo de las ubres de una vaca. El escritor alemán Goethe, en una de las primeras páginas de su biografía, cuya redacción comenzó a los sesenta años, nos cuenta que lo más lejano en el tiempo que cree recordar es cómo le divertía arrojar piezas de loza a la calle para verlas estrellarse ruidosamente contra el suelo. Es el propio Goethe el que nos dice que, cuando intentamos rememorar nuestra más temprana infancia, no podemos asegurar si lo que recordamos es porque otros nos lo han contado o se debe a nuestra propia experiencia.