Por Juana Celestino
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| Foto: Raymond Prunin (1950) |
Decía Bertrán Russell, con cierta ironía, que el secreto de la felicidad está en elegir unos buenos padres. Eso es algo que no está en nuestra mano, claro, y además alguno concluirá que la cosa bien está como está, e incluso que ha sido muy afortunado con sus progenitores. Pero la felicidad es un pez escurridizo, y aunque nuestros padres hayan contribuido a hacer de nosotros unas personas mental y emocionalmente saludables, nunca estamos a salvo del desequilibrio que nos provoquen otros seres, tampoco elegidos por nosotros, como un vecino amante del bricolaje que nos martillee durante el fin de semana o un jefe déspota que nos hunda en la miseria. Por suerte, para cuando surjan estos u otros inconvenientes que puedan amargarnos la existencia, y también para compartir los que nos proporcionen felicidad, existe otra clase de familia, para algunos la única y verdadera, que sí hemos podido elegir: los amigos. Nos acompañan en diferentes tramos de nuestra vida, algunos desde la infancia, otros más recientes, pero todos con la misma voluntad de hacernos más llevadero el camino si las fuerzas nos flaquean, de prestarnos su lucidez y resolución cuando la confusión y la duda nos asalten, o de alegrarse con nosotros si la vida nos sonríe.








