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| Metáfora, J.R. Rey |
Utilizo el adjetivo coloquial (chungo) porque resulta muy expresivo para calificar esos días confusos y difíciles, que acechan silenciosamente y surgen cuando nada hace presagiar su aparición. No hay ningún acontecimiento dramático ni desestabilizador que justifique su visita. A priori, son un número más en el calendario. Una jornada normal y corriente como otras muchas. Pero cuando deciden llamar a mi puerta, llegan de improviso, como esos convidados inesperados e inoportunos que no han tenido la delicadeza de avisarte con antelación. Hacen notar su presencia de manera sutil, pero tangible.
Son esos días que, como dice la canción de Alejandro Sanz, “amaneces en cruz”. Nada te parece bien. El té que siempre disfrutas en el desayuno, hoy tiene un regusto agrio y menos aromático que de costumbre. Ese cuadro que elegiste con tanta ilusión como recuerdo de un viaje, que te encanta, luce menos colorido, como impregnado de una pátina gris y viscosa. Las noticias de primera hora de la mañana, que habitualmente provocan mi indignación, me dejan fría e indiferente. ¡Anda qué les den! Porque esos días eres tú y tus circunstancias, no hay cabida para nadie ni nada más. Lo ves todo patas arriba. Te cuestionas hasta tu nombre y elucubras sobre cada uno de los aspectos de tu vida. Magnificas y exageras cualquier contratiempo por nimio que sea. Lo que ayer era bueno, hoy es malo. No te aguantas a ti misma ni a los demás. Tienes la molesta impresión de estar fuera de lugar. Vamos, un asco total.








