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| Fotograma de Frankenstein (1931) de James Whale. |
Ninguno nos hemos librado en nuestra niñez de historias de ogros, brujas o lobos; esas narraciones que nos amedrentaban tanto como nos fascinaban y que insistíamos una y otra vez en volver a escuchar ante los pacientes suspiros del adulto de turno. Una comparsa de seres fantásticos que, ocultos en el colorido de los cuentos, saltaban a nuestra imaginación y, en el fondo, nos ayudaban a liberar esas tensiones que todos los niños sienten a través de la angustia y los temores interiores que aún no saben expresar. Historias que escuchábamos con la respiración contenida hasta el final, y cuyo miedo nos protegía al hacernos conscientes de las innumerables situaciones de peligro que podían acecharnos en cualquier momento. Relatos que, si vamos más allá, estarían conectados con la historia de la humanidad, con la supervivencia, y cuyos hilos enlazarían con la propia vida, al servicio de la misma. Mantenernos vivos a través del miedo era lo que se pretendía, pero no solo del nuestro, también del sentido por el mismo narrador quien, en cierto modo, exorcizaba sus propios temores al expresarlos de viva voz dando énfasis con gestos amedrentadores.








