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| Foto de Keem Ibarra |
Tendría cuatro o cinco años la primera vez que recuerdo haberme alojado en un hotel. Viajamos a un remoto pueblo de La Mancha para visitar a mi abuelo paterno. Un vasco apasionado y bohemio que decidió, nadie supo muy bien los motivos, pasar sus últimos años en aquellas tierras. Desde la inocencia de la niñez, aquel establecimiento me pareció estupendo y disfruté mucho de la experiencia. Cuando crecí, al recordar mi entusiasmo, mi madre se moría de risa mientras me explicaba que se trataba de una sencilla fonda, única opción de hospedaje en la zona.
Ya de adolescente, tuve una compañera del colegio que residía con su familia en un apartamento privado de un conocido hotel madrileño, del que su padre era el director. En plena edad del pavo nos parecía el colmo del lujo y la sofisticación vivir allí. El sumun era cuando, tras preguntarnos qué nos apetecía merendar, levantaba con gesto displicente el teléfono para pedir al servicio de habitaciones.








