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| Bosque de las ribeiras del Tambre en Chaián (Santiago de Compostela) |
No había cumplido aún catorce años la primera vez que “olí” Galicia. Unas vacaciones para hijos de empleados, organizadas por la empresa en la que trabajaba mi padre, me llevaron hasta allí durante 15 días de julio, allá por 1980. Un puñado de niños y adolescentes, repletos de ilusiones, desembarcamos en Sada, un municipio de la provincia de A Coruña, del que estoy segura, todos los que disfrutamos de aquel verano guardamos un recuerdo imborrable.
Tardé unos años en regresar; el tiempo que transcurrió hasta que pude conseguir mi ansiada independencia económica, pero cuando por fin lo hice, confieso que ese olor me embargó desde Finisterre a Santa Tecla, desde Muxía a Pontevedra o a la playa de las Catedrales. Galicia huele… ¡qué sé yo! Quizás al salitre que arrastran sus olas en el incomparable marco de la Costa da Morte, mezclado con el eucalipto de sus bosques y esa humedad que impregna el ambiente. Un aroma que te envuelve nada más cruzar una frontera invisible. “Estoy en Galicia”, exclamo cada vez que lo respiro, y esa sensación, difícil de describir, me acompaña durante todo el tiempo que permanezco en ese pedazo de tierra del noroeste peninsular.








