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| Coffee talks, imagen de Joshua Ness |
Hace unos días iba en autobús, camino de casa, cuando se sentó detrás de mí una pareja madura. El calor del sol otoñal que entraba por la ventanilla y el rítmico movimiento del vehículo, invitaban a echarse una “cabezadita”. Me deje llevar, ajena a miradas indiscretas, protegida por las gafas de sol. En estado semiinconsciente, les oía hablar, como ruido de fondo, sin prestar atención, captando alguna palabra suelta.
Permanecieron un rato callados, cuando de repente, con tono neutro, la mujer dijo: “Tenemos que hablar”. Esas tres palabras me espabilaron rápidamente. Confieso que me puse en modo de escucha activa. El hombre, con voz sorprendida, le preguntó si pasaba algo malo. Ella contestó con evasivas, para finalmente rogarle que esperase a llegar a su domicilio. Por supuesto, él, de tanto en tanto, insistía de nuevo, pero solo obtuvo respuestas negativas. Tras varios intentos infructuosos, no volvieron a cruzar palabra. Se bajaron antes que yo. Les observé, a través del cristal, alejarse por la acera hacia su destino. El hombre, inquieto, miraba a su pareja, quien con la vista al frente caminaba con decisión.









