Por Marisa Díez
Miró varias veces a derecha e izquierda antes de salir del portal. Encogida sobre sí misma y disimulando un temblor incontrolable bajo su amplio abrigo negro, se dispuso a cruzar la calle. Era la primera vez que abandonaba el piso de acogida desde que se había instalado allí dos semanas antes. Llegó consumida por el miedo y arrastrando múltiples contusiones provocadas por la última paliza. Mercedes siente que su historia es sólo una más de las que cada día reflejan los medios de comunicación cuando denuncian la violencia de género. Hace años que su maltratador la dejó anulada como persona y convertida en un simple objeto en el que aquel monstruo descargaba su furia cada vez con más ímpetu.
Si hace años, cuando le conoció apenas superada la adolescencia, le hubieran dicho que algo así podría ocurrirle, jamás lo hubiera creído. Tomás fue siempre un buen compañero durante los años de su noviazgo. Un poco celoso; quizás algún arrebato de ira que ella no supo identificar. Y aquella mirada parecida a la lástima cuando le explicaba, ilusionada, sus planes de futuro. Señales que no le sirvieron de aviso porque ella le quería y pensaba en la suerte que había tenido al conocer a un hombre tan preparado y cariñoso como parecía ser Tomás.








