Por Juana Celestino
Fue un encuentro casual. Alguien pronunció mi nombre, y al volverme vi una cara que dejó mi mente en suspenso durante unos segundos; solo después de identificarse, la reconocí. El cambio experimentado desde la última vez que nos vimos era notable. Había dejado crecer su pelo por debajo de los hombros, vestía con elegancia convencional y algunos kilos más redondeaban su cara y su cuerpo, alterando en conjunto aquel aspecto andrógino y casual que yo recordaba. Desde hacía más de un año nos habíamos perdido la pista. No recordaba cuál de las dos ignoró primero a la otra hasta dejar caer en el olvido una relación que, si bien no fue muy estrecha, sí marcó cierta sintonía personal durante los meses que trabajamos en aquel proyecto. Seguimos en contacto, sin que mediara ya el vínculo laboral, compartiendo aficiones que teníamos en común, y también le presenté amigos con los que llegó a tener algún escarceo amoroso. Vivía las relaciones sentimentales en campo abierto, una especie de monogamia en serie con parejas que se sucedían sin esperar que ninguna de ellas durase, pero siempre involucrada, con afecto de por medio.








