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| Foto: Pixabay |
Me he apropiado del título de la película de Manuel Summers porque ilustra muy bien lo que voy a contar. Hace unos días fui a una tienda de bricolaje. Esperé mi turno mientras atendían a una pareja de mediana edad. Era imposible no oír la conversación. Necesitaban pintura para su dormitorio. Tenían desplegados en el mostrador varios catálogos con toda la gama de colores imaginables. La mujer dudaba entre el blanco daisy, el pearl o el snow. El hombre, nervioso, miraba ora a uno, ora a otro para acabar confesando que le parecían todos iguales y mejor que escogiera ella, total qué más daba si eran todos blancos, qué ganas de complicar la vida con tanto nombrecito, se quejó. Resultado: el matrimonio abandonó el establecimiento enfadado y sin pintura.








