Ahora nos gusta denominarlas fake news porque nos parece más fashion utilizar una expresión de este tipo, pero en realidad se refieren a un concepto que ha existido siempre. Las noticias falsas o engañosas que corren como la pólvora por las redes sociales están destinadas a crear confusión. Utilizan la supuesta ignorancia de los sujetos a quienes van dirigidas con un fin determinado. La clase política las usa sin ningún pudor ni la más mínima ética. Cada vez es más habitual escucharlas en boca de nuestros representantes públicos sin que se les mueva un músculo de la cara. No se preocupan en desmentir lo que pregonan, ni siquiera una vez demostrada la falsedad de lo que difunden a los cuatro vientos. La mentira está prácticamente institucionalizada como método para conseguir sus objetivos políticos.
De niña llegué a creer a pies juntillas lo que podría definir como la primera fake news que recuerdo. Por aquel entonces, al no existir las redes sociales, los bulos corrían de boca en boca, en el colegio o en la calle, en nuestro ámbito más cercano, y nos dejaban casi sin defensas ante la imposibilidad de desmentirlos si no era recurriendo a la fuente de información más fiable: nuestros padres o hermanos mayores. Aquella historia inquietante de la mano negra me persiguió durante un tiempo y me dejó paralizada en alguna ocasión, incapacitándome para acudir a solas al cuarto de baño. Era un bulo cruel, dirigido a los niños, y nunca he sido capaz de comprender el sentido real que se escondía detrás de una mentira tan increíble y amenazadora.








