Por Juana Celestino
Siempre me ha sorprendido el anhelo con el que he oído decir a alguien “si yo volviera a nacer…”. La invocación, como una plegaria, procedía de personas que ya habían alcanzado cierta madurez y al mirar atrás, desde su presente, veían la imposibilidad de reparar errores, desengaños o traiciones. Ese deseo de enmendar alguna acción irreversible, sobre todo en lo que a relaciones personales se refiere, los mantenía atados al tormento de la culpa en una desazón que les empujaba al vano deseo de partir de cero. No parecía importarles el riesgo de incurrir, si no en esos, en otros fallos quizás más graves que tarde o temprano les llevarían a la misma cantinela del renacer. Algunos eran creyentes y habían negociado con su Dios el arrepentimiento, aunque, con Él o sin Él, por mucho que intentaran trampear y justificarse lo más ventajosamente posible, de la penitencia de la culpa no hay Dios que los libre porque, en el fondo, ellos mismos no han conseguido perdonarse. Consciente o inconscientemente, ese deseo de renacimiento, más que reparación, lo que persigue es hallar una vía de escape al sufrimiento, pero sería como salir de Málaga para meterse en Malagón: volver a nacer supondría tener que pasar (una vez más de la que nos toca a cada uno) por el ineludible trance de la muerte, del que la mayoría desearíamos escaquearnos.









