Por Marisa Díez
| El eclipse (1962), Michelangelo Antonioni |
Las palabras que se quedan por decir permanecen para siempre en tu memoria. Esa conversación que hubiese resuelto todas las dudas; un par de frases, quizás, hubieran sido suficientes. Pero puede que tuviéramos demasiada prisa y hasta es posible que nos atenazara el miedo.
Qué hubiera sido de nosotros de haber sabido pronunciar las palabras oportunas en algún momento concreto de nuestra vida. Si no hubiésemos salido corriendo antes de preguntar, por temor a las respuestas que no queríamos oír. Si no hubiéramos reprimido el primer impulso que nos empujaba a hacer lo que al final, sin saber exactamente la razón, no hicimos.
Algunos se marchan para siempre dejando tras de sí un montón de incógnitas sin resolver. Instantes no compartidos por la prisa que impone este mundo incivilizado. También hay personas que permanecen a tu lado, pero con las que ves pasar los días sin ser capaz de recuperar el tiempo perdido, ni de retomar esa conversación que se quedó en el tintero. Inventas mil excusas para no hablar hasta que un día te das cuenta de que se te ha hecho demasiado tarde.








