Por Marisa Díez
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| La metamorfosis de Narciso (1937). Salvador Dalí. |
Me sorprenden las personas que están encantadas de haberse conocido. Son felices en ese mundo que han construido a su medida, en el que se desenvuelven como pez en el agua porque nada ni nadie les hace sombra. Desconocen el valor de la humildad y consideran que triunfar en la vida está únicamente al alcance de unos pocos, entre los cuales, por supuesto, se encuentran. Pero no es culpa suya y por eso no ven la necesidad de pedir perdón ante el agravio comparativo con sus semejantes, que no han tenido la suerte de estar tocados por la varita mágica. Son casi perfectos y así lo asumen. Si tú no estás en el grupo de los elegidos, mala suerte. Bastante hacen con permitirte formar parte de su círculo vital. Deberías aprender de ellos.
Todos nos hemos topado alguna vez con personajes de este calibre. No siempre son conscientes de interpretar ese rol y la mayoría de las veces obran sin mala fe, pero si he de ser sincera, me resultan cargantes. Cuando deciden revestirse de cierta modestia, esconden mínimamente su falsedad. Y si se permiten el lujo de escuchar en algún momento detalles de tu aburrida existencia, no escatimarán miradas de reproche o, lo que es peor, disfrazadas de auténtica lástima.









