Por Juana Celestino
La oleada de aire fresco que oxigenó España tras la muerte de Franco disipó unas normas que parecían eternas, donde la moral estaba sujeta a las leyes de orden de Estado que, como diría Foucault, no tolera el desorden de los corazones. Quienes recordamos el franquismo, pero no lo padecimos, apenas teníamos preocupaciones políticas. Sí participábamos en manifestaciones (incluso de colectivos ajenos a nosotros), donde corríamos huyendo de la policía antidisturbios —que tenía la doble tarea de crear disturbios y reprimirlos— para terminar refugiados en algún bar bullicioso donde, entre risas, nos alegrábamos de haberles dado esquinazo. Jugábamos a revolucionarios. Eran los años 80 y el espíritu alegre y hedonista que los caracterizó nos alejaba muy mucho de los combativos estudiantes, que en décadas anteriores se jugaron con sus protestas la libertad y en algún caso la vida.









