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Ni contigo, ni sin ti

Por Marisa Díez



Tengo un grupo de amigos de lo más variopinto. Estamos juntos desde hace mil años, o así me lo parece. Desde que tengo uso de razón me he movido entre ellos. Somos nada menos que 18 personas, cada una con sus peculiaridades y rarezas, pero siempre nos hemos llevado moderadamente bien. Y sin embargo, de un tiempo a esta parte, Jorge está dando la lata con que nos quiere abandonar. Ya no se siente identificado con nosotros, no le aportamos nada y no quiere ser parte integrante de este grupo tan singular. Se larga, sin rencores, pero se va. Que lo siente mucho y patatín y patatán, pero ya está decidido y no hay marcha atrás.

Quiere volar libre y sentirse independiente, sin ataduras de amistades que obstaculizan y coartan su libertad y, en ocasiones, a su entender, le suponen un verdadero lastre que no está dispuesto a asumir ni a seguir cargando en su mochila. Piensa que lejos de nosotros se sentirá infinitamente más realizado, que la vida le irá mucho mejor sin discusiones absurdas y sin la obligación de pagar el peaje que le acarrea mantener una amistad de tantos años. El resto del grupo le observamos consternados, sin llegar a entenderlo del todo. Algunos se soliviantan más que otros; hay opiniones para todos los gustos, pero en general, nos parece una absurda cuestión de orgullo mal entendida. A dónde vas a ir tú solo, alma cándida, si llevas toda la vida con nosotros. No podrás sobrevivir, nos echarás de menos. Y cuando quieras regresar será tarde, le dicen otros, porque si te vas, te vas, para no volver, farfullan los más extremistas. Luego no vengas con arrepentimientos, que no vamos a abrir la puerta. Te quedas fuera y punto. Para siempre.

Raíces


Por Juana Celestino



Vista de La Siberia desde el castillo de Puebla de Alcocer (Badajoz).  Foto de Arturo Finch.

Durante mi juventud pasé algo más de un año viviendo en Grecia. Recién terminados los estudios, y sin una idea clara de qué quería hacer con mi vida, volé al país que tanto deseaba conocer por ser la cuna de la civilización occidental. Con poco dinero en el bolsillo, trabajé durante los primeros meses en la recolección de naranjas, abundantes en el Peloponeso donde recalé, en compañía de jóvenes extranjeros deseosos de conocer mundo como yo; más adelante, ya con algunos conocimientos rudimentarios de griego moderno, me dediqué a dar clases particulares de español a estudiantes amantes de la cultura española. Fue mi primer viaje en solitario, lo que me facilitó ser porosa a unas experiencias vitales que conformaron algunos aspectos de mi manera de ser. Nunca me sentí extranjera allí. Si bien fueron Aristóteles, Homero, Pitágoras, Aristófanes o Pericles, la antigua Atenas, Delfos o Micenas los que me reclamaron en un principio, durante mi estancia serían ciudades como Argos, Nafplio o Kalamata, y personas como Marina, Takis, Evangelos, Adonia, Tassos y muchos más, los que hicieron que Grecia llegara a ser un país entrañable. Aunque hace años que no lo visito, para mí es como esos amigos que por muy de tarde en tarde que los veamos, al llevarlos dentro, el reencuentro se da con la misma naturalidad que si nos hubiéramos visto el día anterior; así creo que será mi sentir el día que pise de nuevo suelo griego. Algo parecido me ocurre con la vecina Portugal, si no por haber entablado allí estrechas relaciones de afecto con portugueses, sí por la frecuencia con la que la que la visito, por su belleza y las acogedoras gentes que hacen que me sienta como en casa.