Por José María Ruiz del Álamo
Hasta hace unos días hubiese jurado que mi encuentro con los cinestudios madrileños vino dado por cuestiones “intelectuales”. Años de instituto, cuando la profesora de francés propuso llevarnos al cine a ver Pauline en la playa. Concertada quedó la fecha, pero dos días antes fue a verla ella con los alumnos de COU y determinó que moralmente no convenía que viésemos tamaña promiscuidad. Lástima, porque hubiese sido la primera vez que asistiese al desaparecido cine Alphaville (hoy renombrado Golem); además la profesora no consiguió que el título pasase al olvido, al contrario, aquella prohibición estimuló el interés.









