Por José María Ruiz
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| Fachada del cine Doré, sede de proyecciones de Filmoteca Española |
Por soñar, soñaba con tener un cine en casa. Sí, un cine, con una pantalla que ocupase toda la pared del dormitorio, y al ritmo de los 24 fotogramas por segundo, donde el celuloide transita a través del proyector. Una programación a la carta, un patio de butacas con un único asiento. Formar una “biblioteca” con rollos de películas a 35 y 70 milímetros. Por soñar, soñaba con comprar un cine, y darle la filosofía de un cine de barrio, la vida de un cinestudio.
Vano ensueño, lo máximo que llegué a tener fue un CinExin, para nada alcancé los 8 milímetros. Ilusión, en ella vivía. Una ilusión truncada a finales de los años ochenta con el cierre de los cinestudios. Madrid se despoblaba de cultura cinematográfica, solo pervivía el cine de estreno (con cuya política no comulgo) y las salas X (sesión continua desde las 10.00 horas).