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¡Que viene el Coco!

Fotograma de Frankenstein (1931) de James Whale.



Por Juana Celestino


Ninguno nos hemos librado en nuestra niñez de historias de ogros, brujas o lobos; esas narraciones que nos amedrentaban tanto como nos fascinaban y que insistíamos una y otra vez en volver a escuchar ante los pacientes suspiros del adulto de turno. Una comparsa de seres fantásticos que, ocultos en el colorido de los cuentos, saltaban a nuestra imaginación y, en el fondo, nos ayudaban a liberar esas tensiones que todos los niños sienten a través de la angustia y los temores interiores que aún no saben expresar. Historias que escuchábamos con la respiración contenida hasta el final, y cuyo miedo nos protegía al hacernos conscientes de las innumerables situaciones de peligro que podían acecharnos en cualquier momento. Relatos que, si vamos más allá, estarían conectados con la historia de la humanidad, con la supervivencia, y cuyos hilos enlazarían con la propia vida, al servicio de la misma. Mantenernos vivos a través del miedo era lo que se pretendía, pero no solo del nuestro, también del sentido por el mismo narrador quien, en cierto modo, exorcizaba sus propios temores al expresarlos de viva voz dando énfasis con gestos amedrentadores.

El primer monstruo que recuerdo de mi niñez es el “Sapo negro”: un repugnante batracio que vivía en el fondo de las charcas y cerca de los pozos

Un viaje de cinco kilómetros



Por José María Ruiz

El juego de la rayuela


Bueno será incidir, y dichoso puede ser el juego, pues ahí me pongo a la dulce sombra de “Un lugar en mi memoria” (artículo de Marisa Díez recientemente publicado en este blog). Si en él se interna en los lugares que han marcado nuestro ser, mi reflexión busca y fantasea entre el hoy y el ayer, entre el lugar donde vivo en la actualidad y el espacio que habité en la niñez. Todo un juego a experimentar.

En mi caso este tramo alcanza una distancia de apenas cinco kilómetros, aunque bien cabe explorar recorrido tan insignificante. Uno inició la vida pateando una calle que podría denominarse terciaria. Mi abuela llamaba carretera a una arteria de seis carriles, a un afluente de esta podría denominarse secundaria. De ahí que la bocacalle de esta segunda constituyese una terciaria, más cuando se encontraba muy al fondo, tan al fondo que la conocí como una vía de tierra.