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Por Marisa Díez



 Viñeta de El Roto para El País


Desde niña fue consciente de pertenecer a una familia donde el compromiso con las causas que consideraban justas tenía valor de ley. Eran tiempos convulsos, recién enterrada la dictadura y con un país todavía enfrentado en dos bandos irreconciliables. Su mirada observadora se fijaba en el transcurrir de unos acontecimientos que no acertaba a comprender. Recuerda vagamente la imagen del padre, escuchando con avidez las noticias políticas de la época y aquellas extrañas reacciones ante unos hechos que ella todavía era incapaz de valorar. A sus escasos nueve años le costaba aceptar cómo alguien podía alegrarse de la muerte de un anciano, un abuelillo que a ella no le producía ninguna repulsa, más bien al contrario, sentía una auténtica tristeza al ver desfilar a tantas personas delante de su ataúd.

Poco a poco fue descubriendo historias familiares que le hicieron abrir los ojos. Tiene grabadas a fuego en su memoria las lágrimas de su padre cuando aquel partido ganó las elecciones. Y por eso, en estos últimos días, le ha vuelto a echar de menos como nunca.

La memoria traicionada


 

Refugiados de Asturias huyen a Francia tras la caída de Gijón (1937)




Por Juana Celestino


París, 14 de octubre de 1992

Mi querido amigo:

Sí, ya sé, me he despedido a la francesa. He querido evitar una despedida donde el desaliento y el vacío de la esperanza frustrada formaran parte de mi equipaje de vuelta. Ahora estoy bien, ¡quién iba a decirlo! Yo, que durante tantos años me he sentido un sin patria por haber renunciado a la mía, por negarme a engendrar hijos en un país donde el día de mañana se hubieran convertido en autómatas sin voluntad al servicio de un dictador. Ahora me siento de nuevo en casa, en el lugar que me acogió como inmigrante y, sin embargo, muy ajeno al que me vio nacer.