El otro día en la radio, dedicaron un espacio a las enfermedades raras. Tiene que ser tremendo padecer una afección, con lo que ello implica, y encima que sea un caso inusual o insólito. Eso cuando lo consiguen diagnosticar, porque como aclaraban los oyentes que llamaron, por ser ellos mismos o algún familiar los pacientes, a muchos les despachan con un dictamen equivocado por pura ignorancia. No hay tratamiento, protocolos, estadísticas, ni alternativas. Pasan a formar parte del limbo de los enfermos, a la espera de que alguien se interese por su mal y se consigan recursos para investigar y avanzar en ese marasmo de incógnitas que rodean a estas dolencias.
Se escucharon por las ondas testimonios muy duros que llevan a la conclusión de que el ser humano tiene una capacidad de aguante y resistencia, prácticamente ilimitada. El amor y el compromiso convierten a personas normales y corrientes en superhéroes dignos de cualquier cómic de Marvel. Enfermos, familiares y amigos crean su particular “liga de la justicia”, dispuestos a enfrentarse a cualquier obstáculo que se presente.









