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| Escena de Rebeca (1940), de Alfred Hitchcock |
Por Esperanza Goiri
Era una preadolescente impresionable cuando vi por primera vez Rebeca, película de Alfred Hitchcock basada en la novela homónima de Daphne du Maurier. Me impactó mucho. La imagen de Manderley en llamas es inolvidable. No obstante, a mí me sobrecogió especialmente la escena donde la señora Danvers, el ama de llaves, enseña a la segunda mujer de Max de Winter (personaje interpretado por Joan Fontaine) el cuarto de Rebeca, fallecida pero omnipresente. Casi en trance, la sirvienta muestra con devoción, como si estuviera en un santuario, las pertenencias personales de su idolatrada señora. Todo permanece en el mismo estado que lo dejó Rebeca, como si en cualquier momento pudiera aparecer por la puerta. Danvers, alimentando su obsesión, se encarga de ello con mimo y celo. Es un claro ejemplo de lo que denomino una "habitación congelada". Congelada y detenida en el tiempo y en el espacio.









