Era un mueble pequeño, pero en sus estrechas baldas se amontonaban objetos de incalculable valor sentimental. Se mezclaban algunos ligeramente extravagantes con otros muy sencillos; unos pocos los conservaba de toda la vida y el resto los había ido coleccionando a lo largo de los años. Cada uno de ellos conservaba su propia esencia y, por supuesto, tenía sus predilectos. En lo alto se alzaba, desde mucho tiempo atrás, su objeto de más valor. No era mejor ni peor que los otros, pero a ella le gustaba más que ninguno. Una mañana en la que se puso a hacer limpieza, de repente cayó desde lo más alto, sin que pudiera hacer nada por evitarlo. Le golpeó en la cabeza y entonces perdió la conciencia de dónde estaba. Pasaron unas horas hasta que consiguió volver a la realidad. Al abrir los ojos, lo encontró hecho añicos y, cuando por fin reaccionó, fue consciente de que llevaba meses temiendo que pudiera ocurrir. Lo había visto tambalearse en más de una ocasión mientras intentaba poner orden en su peculiar estantería.








