Por Juana Celestino
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© Tommy Ingberg
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A muchos nos gusta mirar al cielo; sentimos especial devoción por las aves y por los espectáculos, tanto visuales como sonoros, que estos plumíferos animales nos pueden regalar. Hay muchísimas aves preciosas e interesantes, pero yo siento predilección por las migratorias, como las cigüeñas y las grullas; estas últimas son de las más viajeras, nos visitan cada invierno surcando el cielo en bandadas numerosas y rompiendo el silencio con su característico trompeteo. Al margen de la belleza de estas esbeltas criaturas, no deja de admirarme su capacidad de orientación, ese sistema de navegación preciso que las lleva a recorrer miles de kilómetros, atravesando países y continentes, para invernar en los mismos lugares y regresar más tarde a sus criaderos de origen. Gran parte del secreto de esa brújula biológica parece estar en la memoria genética, del mismo modo que en la abeja, que hereda su habilidad para construir un panal, o en la araña para tejer con su seda la red donde atrapará a sus presas. La información necesaria para la supervivencia ya les viene dada, luego la suerte jugará su papel.
A diferencia de los animales, los seres humanos no recibimos por transmisión natural ningún tipo de información sustancial para la vida. Muy al contrario, necesitamos de un largo proceso de aprendizaje donde la disciplina y el esfuerzo son la base para adquirir los conocimientos y habilidades que nos ayuden sobrevivir en el medio laboral y social. Sí podemos heredar el talento que nos lleve a la excelencia de algo de lo aprendido, pero hay que pasar por el taller; sin un maestro es difícil obtener preparación alguna.









