Por Esperanza Goiri
No, no voy a hablar sobre mecánica o ingeniería. Ni de puzzles o juegos. Tampoco de la dichosa pieza que a todo el mundo le sobra cuando se atreve a montar algún artefacto de IKEA. Los amantes de la cultura pensaréis que tal vez me refiera a una composición musical o al título de una película o novela. Frío, frío. Las posibilidades son muchas: un trozo de tela, una fruta, un animal cazado o pescado, una habitación, una obra de arte subastada… Pero no acertaríais.
La pieza 44 ha sido la causante de mis amarguras y sinsabores desde la semana pasada. Me ha dejado fuera de combate y me ha regalado unas cuantas noches toledanas, y no precisamente porque me haya puesto morada de mazapán. Me ha hecho reflexionar y el fruto de tan sesudas cavilaciones es el que voy a intentar plasmar aquí.
A estas alturas, más de uno se imaginará por dónde van los tiros. Para los demás, no os sintáis culpables, todos tenemos días espesos, y servidora se basta y sobra para iluminaros y desvelar el misterio.









