A cada paso que doy me encuentro con ellos, me rodean, se caen, se interponen en mi camino y me hacen tropezar. Los uso y disfruto, los maltrato y acaricio, me miran, y muchos me hablan si les devuelvo la mirada. Algunos son inútiles, pero llaman mi atención a diario, con insistencia, invitándome a admirar su belleza; otros, más discretos, solo cuando reparo en ellos mencionan a la persona que me los regaló, resaltan alguna anécdota del viaje donde los adquirí o me guían hasta aquella casa que en otro tiempo habitamos. Los objetos de nuestro entorno deberían ser dignificados por estar siempre ahí, esperándonos con las historias que viven en ellos y las voces que los explican. Me basta contemplar a estos emisarios de recuerdos para sentirme engullida en el significado que tienen para mí. Si decido deshacerme de algunos no es porque necesite espacio, estén deteriorados o pasados de moda, es por una razón de peso: ya no me dicen nada. Dejan de compartir espacio conmigo cuando caen en la indiferencia o la armonía entre nosotros se esfuma y, tarde o temprano, se me impone la necesidad de una criba, de verme rodeada únicamente por lo que es consustancial a mí, de separar el grano de la paja. Algo que con los años cada vez veo más claro y no me supone un gran esfuerzo llevar a cabo, tanto en lo referente a objetos como a sujetos.








