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| Imagen de Andrea Vicenzo |
A los diecisiete años viajé por primera vez en avión, a Grecia y Bulgaria, con mis compañeros de COU. Varios miembros de mi familia sentían pánico hacia este medio de transporte, pero la experiencia me encantó. Desde entonces, siempre que se presenta la ocasión y las circunstancias lo permiten, he vuelto a volar, por lo que me espera al llegar a destino y por el vuelo en sí mismo.
Es cierto que el avión implica, para el viajero, una serie de servidumbres engorrosas que solo cabe aceptar con resignación por motivos de seguridad. Dicho esto, algunas compañías aéreas podrían mejorar notablemente el trato hacia sus clientes, por que a veces nos sentimos trasladados como ganado, sin ningún miramiento, de un lugar a otro.









