Llegó sin avisar, en uno de esos días aburridos e intrascendentes en los que recorrías como un autómata el camino de casa al instituto y del instituto a casa. Sentiste una especie de chasquido interior cuando le viste pasar. Y esas hormonas revolucionadas, que eras incapaz de controlar durante esa etapa convulsa de tu adolescencia, amenazaron con desbordarse y hacer de las suyas. Desde ese mismo momento tuviste claro que querías pasar con él todos los días que restaban de tu vida, porque, de otra manera, no encontrabas ninguna razón para ser feliz. Sin él ya nada tendría sentido. Era el único chico del universo, el más guapo, el más inteligente, el más simpático y el primero que te hizo sentir las mariposas en el estómago que, años más tarde y en alguna otra ocasión, llegaste a notar de nuevo, pero ni por asomo con la misma intensidad.









