Por Marisa Díez
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| Imagen del rayo verde en California. El Universo hoy. |
Me pareció distinguir un destello de luz verde al final del atardecer, con el sol a punto de esconderse en el horizonte. Un instante nada más, pero el reflejo lo percibí a lo lejos mientras apartaba la vista de los últimos rayos de sol, que amenazaban con cegarme. Algo se removió en mi interior y sentí cómo una mano intangible se posaba sobre mi hombro y me decía que era necesario conservar la calma.
Días atrás, había tenido un sueño extraño durante la noche. Encontraba la casa de mi madre completamente en obras. Al llegar allí, como cada día, la puerta de la calle estaba abierta y, en la entrada, uno de los albañiles me impedía el acceso hasta que la reforma estuviese completamente terminada. No quedaba en pie nada más que el pasillo, porque el resto había quedado reducido a escombros. Tenían que volver a levantarlo todo de nuevo. El obrero, al que no conocía, me explicaba sin pestañear que cuando terminasen la obra, aquella casa no la reconocería nadie porque no tendría nada que ver con la anterior. Entonces me dirigí, asustada, a casa de mis vecinos, los de toda la vida, y pude comprobar con alivio, que allí todo seguía igual que siempre. Eran los únicos en todo el bloque que mantenían intacta su vivienda, porque los seis pisos restantes de los que consta el edificio habían cambiado de repente toda su fisonomía, resultándome completamente extraños. Me desperté sobresaltada y un poco aturdida, con una intensa sensación de angustia que me duró el resto del día.