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Quién sabe dónde

Por Esperanza Goiri

Foto: Wikicommons

Un día, no sé muy bien cómo ni por qué, empecé a recibir en Facebook avisos emitidos por una Asociación que alerta sobre personas desaparecidas. El mismo formato, pero con distintos protagonistas. Una foto, una breve descripción de las características físicas y de su indumentaria en el momento de la desaparición, junto con el día y el punto geográfico donde se les vio por última vez. Poco más.

Desde esas instantáneas los “fugitivos” miran a la cámara, unos sonrientes, otros serios. Todos envueltos en un halo de misterio e incógnita. Algunos han desaparecido de forma involuntaria, enredados en una enfermedad mental que les ha extraviado de sus rutinas. Otro grupo lo forman jóvenes en pos de aventuras, sentimentales o de otro tipo. Tal vez su marcha sea un grito desesperado en busca de atención y ayuda. En ocasiones, al cabo de un tiempo, me llega la notificación de que la persona ha sido hallada, con o sin vida. La búsqueda queda desactivada. Por muy terrible que sea asumir el fallecimiento del ser querido, más en esas circunstancias, hay un final. Un epílogo que permite, pasado el proceso de duelo, un nuevo comienzo.

Tenemos que hablar


Coffee talks, imagen de Joshua Ness


Por Esperanza Goiri

Hace unos días iba en autobús, camino de casa, cuando se sentó detrás de mí una pareja madura. El calor del sol otoñal que entraba por la ventanilla y el rítmico movimiento del vehículo, invitaban a echarse una “cabezadita”. Me deje llevar, ajena a miradas indiscretas, protegida por las gafas de sol. En estado semiinconsciente, les oía hablar, como ruido de fondo, sin prestar atención, captando alguna palabra suelta.

Permanecieron un rato callados, cuando de repente, con tono neutro, la mujer dijo: “Tenemos que hablar”. Esas tres palabras me espabilaron rápidamente. Confieso que me puse en modo de escucha activa. El hombre, con voz sorprendida, le preguntó si pasaba algo malo. Ella contestó con evasivas, para finalmente rogarle que esperase a llegar a su domicilio. Por supuesto, él, de tanto en tanto, insistía de nuevo, pero solo obtuvo respuestas negativas. Tras varios intentos infructuosos, no volvieron a cruzar palabra. Se bajaron antes que yo. Les observé, a través del cristal, alejarse por la acera hacia su destino. El hombre, inquieto, miraba a su pareja, quien con la vista al frente caminaba con decisión.